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ENTREVISTA CON EL DOCTOR FELIPE MARTÍNEZ PÉREZ

“Un médico culto es más humano, el humanismo lo llena todo”

ene. 22, 2018 14:20

en Sociales

Diario La Mañana de Bolívar - Sociales - “Un médico culto es más humano, el humanismo lo llena todo”

El pasado 28 de diciembre se cumplieron 50 años de la entrega del diploma como médico al doctor Felipe Martínez Pérez. En diálogo con La Mañana el profesional hizo un balance de su carrera y expresó su visión de la sociedad actual. Entre la medicina y la cultura, supo hallarse en el arte, pero su lado más sensible lo encontró en contacto con sus pacientes.

El médico clínico “con inclinación a la cardiología”, tal como se define el profesional, realizó su tesis de doctorado en medicina en 1967 y el 28 de diciembre del mismo año recibió su diploma. “Yo venía trabajando previamente, no recuerdo exactamente en este momento, pero hace 53 años seguro que ando dando vueltas porque estaba yendo a algunas guardias. Una cosa curiosa, iba dos veces por semana al hospital de Berisso y en 1 y 60 esperaba al jefe de otorrinolaringología que era muy amigo de un cuñado mío, también médico, y antes de recibirme prácticamente tenía hecha la especialidad de otorrino porque vi pacientes que mete miedo, que es lo que a mí me gustaba”, afirmó Martínez Pérez dispuesto para la entrevista, al encenderse el grabador.

Dado su interés en la relación médico-paciente y en el “acto íntimo que se forma de improviso, ni bien le das la mano”, con tal de ver pacientes “me metía donde me dejaban, inclusive estuve unos cuantos meses, también por intermedio de un tío de mi mujer que tenía stud y al jefe de guardia de los jueves del Policlínico le gustaban los caballos y eran muy amigos, haciendo guardias en el Policlínico de La Plata hasta que me cansé porque el 90 % era quirúrgico y yo ya sabía qué quería hacer, que era la clínica”.

“Es una de las cosas más bellas que recuerdo, el paso por el San Martín, porque había unos 30 y pico de médicos de guardia entre los que cobraban y los que no cobrábamos, los que tenían muchos años y los que recién empezábamos y eso era una cosa tan ágil, hasta cinco quirófanos trabajando las cosas más insólitas, desde una puñalada hasta un señor amarillo por una ictericia. Todo eso me fue fogueando”, reconoció el profesional.

 

SU CARRERA, EL INICIO

 

“Qué cosa hermosa

 lo que vengo haciendo hace años”

 

“Desde mucho antes sabía que iba a ser médico, desde los 13 o 14 años empecé a pensar en eso porque para eso hubo una cosa muy importante como haber dejado España y venir a la Argentina. Eso hizo que, por ejemplo, saliera de un país fuera de serie que es el mío y me encontrara con otro país fuera de serie que era el de aquellos años.

“Lo que más recuerdo de mi estancia Argentina, por decirlo de alguna manera, es el secundario en Miramar, eso me quedó grabado para siempre. Yo soy la segunda promoción, a la gente le interesaba que Miramar tuviera un colegio nacional y el pueblo entero en ese momento se volcaba a eso. Los profesores eran rematador inmobiliario, el otro era médico y así sucesivamente, había una sola profesora en serio graduada en la universidad de La Plata que era la de francés. Ese trabajo de los alumnos, de los padres y del pueblo que querían que Miramar tuviera un colegio nacional, me quedó grabado para siempre.

“Con el profesor de física que era un odontólogo, cuando terminamos el quinto año, fuimos a la universidad de Buenos Aires a ver odontología y como medicina está al lado también fuimos, era lo que me interesaba a mí. Esa grandiosidad, ¿viste lo que es? Ahí empecé yo verdaderamente a estar en medicina, me anoté en Buenos Aires pero era hijo de un albañil, en los tiempos que los hijos de los albañiles podían estudiar, hoy no.

“Estudié en La Plata porque tenía un comedor fuera de serie, la biblioteca, y vas caminando a todos lados. No me arrepiento de haber estado, en primer lugar porque tuve maestros y decir maestros es mucho. Maestros había pocos pero los tuve, el resto eran médicos profesores de la facultad pero de ahí a ser un maestro, la cosa cambia, recuerdo tres  y no había más de tres, así de sencillo”.

 

¿Cuánto tiempo le llevó la carrera?

-Un año y medio más de lo que debería haber sido por dos razones. Primera: las estaciones son distintas en el hemisferio norte que en el sur, por lo tanto ya empecé mal y perdí medio año porque había terminado quinto allí y me pusieron de nuevo en quinto grado de primario. Ahí ya perdí un año y después se perdió mucho tiempo porque justo la pegué en La Plata que nunca se supo bien cuál era el plan de estudio. Lo cierto es que no era un examen de ingreso pero lo era, ni era un curso intensivo que también lo era, el asunto es que un año fue de ingreso y ahí perdí otro. El tema fue que el señor Onganía, como es lógico, se mandó un golpe de estado y tardaron seis meses en volver a poner las mesas. Entre pitos y flautas me recibí a los 26 años largos y me tendría que haber recibido a los 24.

 

¿Y las guardias que hizo fueron como médico recibido o como residente?

-La residencia en ese momento era el practicantado, eran dos años, entrabas como menor y después eras mayor. Era rentado y en ese momento el ministerio no es que te diera el oro y el moro pero pagaba bien y para un estudiante servía. A mí me sobraba, como no gastaba más allá de libros y cine, pues me servía muy bien.

Hice guardias sin estar graduado y después seguí haciendo guardias pero de otra manera, el ministerio me llamó varias veces y, como yo tenía notas altas, siempre quedaba en La Plata. Todas son experiencias muy interesantes, terminé en San Fernando viendo pacientes en la cancha de Tigre con los bomberos y llevando latas de aceite El Gallo para los que estaban refugiados por las inundaciones.

Experiencias en Buenos Aires capital no tengo porque no hice ninguna guardia, sí en la provincia y en La Plata he estado en un montón de sitios públicos y privados.

 

¿Qué prefiere entre lo público y lo privado?

-Lo público en aquel momento era muy serio, estaba muy bien estudiado y pagaban relativamente bien, cuando recién estás empezando todo viene bien, en ese caso uno no se pone a ver, pero pagaban. Lo que yo veía en ese momento las ambulancias ya eran un desastre, no tenían nada adentro, pero lo que sí había era una seriedad en el nivel científico. Después salías y no tenías nada pero eso es otra cosa, eso ya no depende de la facultad ni de uno. Mi carrera por aquellos sitios siempre la recuerdo con sumo placer y como algo de lo mejor que me ha ocurrido.

 

¿Y cómo llegó a Bolívar?

-Porque en un momento determinado veía cuatro pacientes locos y había que comer, entonces me vine a Bolívar. Una prima del doctor Garbini fue buscando por los sitios donde había andado su padre que fue un gran ginecólogo y profesor de la facultad. Buscaba un clínico para la Clínica Central y justo ese día estaba ahí yo. Me dijeron de todo en el servicio, que para qué me venía, que yo estaba muy bien formado, que no me podía ir porque iba a ser jefe del servicio el día que ellos se murieran, claro, esas cosas que te dicen como unos padres verdaderamente.

Yo estaba con el mejor clínico de La Plata que me amaba, en Argentina en ese momento había dos o tres grandísimos clínicos, uno era Reussi en el Rivadavia en Buenos Aires y el otro era Rossi en La Plata, que no era profesor, estaba en el servicio.

Así se dio la llegada a Bolívar, me subí a un Rápido de no sé cuál y cuando el chofer dijo Bolívar, bajé. Yo no tenía ni idea ni dónde estaba.

Bolívar no me trató mal, ahí no me puedo quejar, pero también es cierto que en Bolívar me he encontrado con gente maravillosa y de lo peor, y mierda. Aquí he conocido grandes personas, la gente me ha valorado, en este momento estoy trabajando creo que más que en aquellos tiempos y estoy viendo nietos o nietas y a veces bisnietos de los primeros que vi, muchas muchachas y muchachos veinteañeros y algunas casadas que no encuentran su pediatra, me traen a sus niños.

Eso es muy interesante, que familias enteras que se van haciendo recuerden a la primera que vi, a mí me parece bárbaro y eso me da mucha conformidad porque es evidente que a las cosas las estoy haciendo bien, o más o menos bien o casi bien del todo.

Por otra parte yo siempre he estado estudiando y ¿qué es lo que he hecho en Bolívar? Medicina y cultura, es lo único que he hecho que no es poca cosa, no me gusta decirlo, pero no es poca cosa.

 

¿Alguna vez trabajó en el hospital de Bolívar?

-Estuve cuando el hospital era un hospital subzonalgeneral y era el embudo de la zona, ahora no voy a decir lo que es. Habíamos grandes, grandísimos, profesionales. El hospital trabajaba bien y había cuatro clínicas, una cerró cuando vine yo y se pasó a la Central.

Bolívar en los últimos 20 años ha cambiado totalmente y la movilidad de la gente es tremenda porque ahora viajan mucho y van al médico en Buenos Aires o La Plata, por ejemplo.

Estuve trabajando un montón de años ad honorem, eso hoy no se ve más y yo chocho y contento de que me dejaran trabajar. Después hubo un concurso en el año 1976 cuando yo gané la jefatura de Clínica Médica y ese es el último concurso que hubo en el hospital.

Como en los últimos tiempos los directores del hospital han sido los intendentes, esas cosas no van, es algo que no me interesa.

Ahí conocí a gente maravillosa que son todos los médicos que no están: Garbini, Ghiani, Noel, Angulo, Angeli, etcétera. A algunos nos interesaba ir cuatro veces al día, yo he ido con mi electrocardiógrafo en varias oportunidades a hacer electrocardiogramas sin decir nada y he visto a los cirujanos llevar sus cajas de cirugía tanto de la Central como de la San Cayetano, eran otros tiempos y se valoraba más.

Todo eso quedó trunco gracias a que se me metió en mi camino, victorioso mi camino porque era fuera de serie, un tal Félix Agustín Bereciartúa, que en paz no descanse, que me quiso matar en varias oportunidades. No pudo porque no quiso matarme el milico y en esta casa estuvo mi salvador que fue el doctor Cabreros padre.

Como no me pudo matar me mató la carrera porque yo hubiera sido director o lo que hubiera sido o nada, porque cuando uno piensa siempre cae mal o con los militares o los civiles, es curioso.

Eso forma parte de las acotaciones al margen de la carrera, entonces me dediqué pura y exclusivamente a la medicina privada. Tengo hechos cursos en la Universidad Complutense de Madrid, tres cursos de gerontopsiquiatría que hice con el profesor que fue el médico del general Perón, siempre he estado en lo mío.

 

¿Qué resalta de lo que le dio la medicina en estos 50 años?

-En estos 50 años lo que he cosechado es el amor de mucha gente y si ha sido así es porque lo he hecho bien.

Cada vez que veo un paciente en primer lugar siento la alegría, si se puede decir, de que ese hombre o esa mujer venga a verme a mí, como se pone en tus manos, como confía en ti. Eso para empezar es señal de que algo estás haciendo bien, por lo tanto si ese vino a confiar en ti tienes que seguir haciéndolo bien, por lo menos para que no se vaya y te dé de comer.

Ese cariño de los pacientes y no pacientes que tienen que ver con la madre, el hijo, con el tío, con el pariente que al final me conocen como médico, para mí es invalorable porque significa que eres médico y ellos se dan cuenta que lo eres.

Después está el hecho de que te encuentras contigo mismo y dices “qué cosa hermosa lo que vengo haciendo hace años”. También te encuentras con las cosas más insólitas, una mujer me estaba viendo firmar una receta y me dice “¿cuántas firmas habrá puesto usted?”, hemos calculado 600 mil que no sé si es mucho o poco, si nos pasamos o nos hemos quedado cortos, pero daba eso.

Anécdotas hay muchas, tengo una que es fuera de serie. Cuando era practicante mayor que estaba en el Melchor Romero porque quería hacer la especialidad en psiquiatría, el hospital tenía un radio que había que cruzar la ruta 2 y caías a las chacras, lejos.

Un día llamaron y queríamos ir los dos con un compañero. Cuando llegamos en esas famosas ambulancias Dodge, nos encontramos con un señor que se estaba muriendo y se ahogaba, ninguno de los dos habíamos hecho una traqueotomía antes, a la mujer que estaba llorando le pedí un cuchillo que corte bien porque no teníamos bisturí, corté y le pedí que me trajera una bombilla, la más vieja que tenga, la partí, se la metí y salimos rajando.

Fue tremendo porque el hombre sangraba mucho, llegamos al hospital, veníamos tocando sirena desde no sé dónde y salieron corriendo el jefe clínico y el cirujano al punto que cuando el chofer da de culata para bajar la camilla, el que abre es el cirujano y nos preguntó “¿de dónde vienen? ¿De Vietnam?”. El tipo llegó vivo, el cirujano se las arregló, nos felicitaron de arriba abajo por haber hecho la traqueotomía pero nos dijeron “queridos, acuérdense que la tiroides tiene unismo”; nos lo llevamos por delante.

 

¿Cómo es el doctor Martínez Pérez como paciente?

-Cuando le dio a la naturaleza que yo tuviera neumotórax me callé la boca, no dije nada, ni siquiera les pedí las radiografías para verlas, ahí venía un ejército de médicos que venía todos los días.

Después me fui al San Juan de Dios y me trataron a las mil maravillas pero ya no es Pepe o Juan el que conoces porque está en la esquina. Aparecieron una mañana un montón de enfermeras haciendo prácticas a tomarme la presión, otros ya médicos o médicos estudiantes, me revisaron el corazón y los pulmones, como habían sido conmigo antes los otros. No pedí nada de ellos porque se supone que si me he puesto en las manos de ellos, sabrán lo que están haciendo.

Desde aquella vez nunca más me he hecho nada, cada vez que me hago un análisis tengo algo, entonces no lo sé y estoy lo más pancho.

 

¿Qué le recetaría a la sociedad actual?

-Lo que hay que recetar es cultura, un médico culto es más humano, el humanismo lo llena todo y cuando tú te encuentras con grandes maestros, me acuerdo de Jiménez Díaz, gran clínico de la escuela de Madrid, que decía que el instrumento más importante de un clínico es una silla para no tener prisa y hablar con el paciente.

La primera vez que yo salgo en una ambulancia, en el Gutiérrez que es donde hice el practicantado menor, yo sabía del ombligo para arriba todo pero del ombligo para abajo todavía no habíamos hablado porque andaba por cuarto o quinto. El jefe me preguntó si estaba seguro, yo le dije que sí y ahí me mandó una frase que no me la olvidé nunca: “Tú lo que tienes que saber es si lo subes o no en la ambulancia, después aquí ya veremos”, ahí está dicho todo.

 

CULTURA

 

“Hay una cosa que fue magnífica para la Argentina

en todos los niveles, que fue los 60”

 

¿Su afición a la cultura y al arte lo toma como un escape de la medicina?

-Sí, en definitiva es un escape pero es curioso porque estuve varias veces en las escalinatas de Bellas Artes en La Plata, he subido en dos o tres oportunidades, he estado ahí y he vuelto a bajar. Al final no lo hice pero quería anotarme en dirección de cine.

Ya estaba yo haciendo críticas de cine, siempre he estado en los cineclubes y en aquellos tiempos escribía para una revista humilde pero muy buena, para el cineclub Quilmes. Parece ser que era bastante bueno porque gente que estaba muy arriba me felicitaba y me decía que no dejara de escribir poesía, al rato que me dijeron eso me puse a escribir ensayos y se terminó la cosa.

Mientras estudiaba medicina veía dos películas por semana seguro, me leía cuatro o cinco libros y aparte leía los libros que había que leer. Fíjate cómo sería en aquellos tiempos, años 60, que a mí la universidad me ha comprado libros, pero no libros de medicina, libros de poesía, de ensayos porque si iba a la biblioteca a buscar un libro que no estaba, lo compraban.

Hay una cosa que fue magnífica para la Argentina en todos los niveles que fue los 60, el que no los vivió no saben bien qué es, eso es irrepetible porque además fue una ebullición cultural a nivel mundial. Yo lo viví en el foco muy bien en La Plata, puedo asegurar que allí no había un estudiante que no fuera con un libro debajo el brazo y no eran los que iban a humanidades, eran los ingenieros, los de medicina, los arquitectos, todos. Todos leíamos, todos íbamos al cine, todos íbamos a la biblioteca, todos leían diarios y algunos los rompían también.

Eso le dio mucho miedo al poder y después pasó lo que pasó.

 

Entonces si no fuera médico hubiera estudiado alguna carrera en la facultad de Bellas Artes…

-A lo mejor sí, no tengo ni idea porque cuando me preguntaban de niño ¿tú que quieres ser? Electricista y ahora veo un enchufe y tiemblo.

No me creí nunca eso de las vocaciones, a mí me gustaba medicina y hace años me he dado cuenta que elegí muy bien porque es lo que me gustaba.

 

Aparte del cine y la poesía que mencionó, la fotografía ocupa un lugar importante en su vida.

-Yo estoy haciendo fotos desde que tenía 12 o 13 años. Primero trabajaba de cadi en el golf de Miramar, estuve tres años, pagan bien las inglesas.

Con eso me costeé parte del nacional y después llegó casa Griensu, puso una sucursal en la calle 9 de Julio de Miramar y entré a limpiar los vidrios, cambiar las patillas y asuntos así. Eso hizo que en un momento determinado me comprara una camarita que ya no era cámara de cajón sino que eran unas fáciles de manejar pero baratas porque había una Leica, que en este momento la estoy viendo, que uso Capa en la guerra de España y después en la mundial y no me la podía comprar ni trabajando dos años.

Ahí empecé a sacar fotos y cuando llego a Bolívar me meto con la gente que estaba en el fotoclub donde Poffo estaba a la cabeza de todo eso que nos enseñó a todos, tenía mi laboratorio y tenían  que irse todos a dormir para armar todo en la cocina. Por ahí tenía la desgracia que era luna llena y entraba luz por todos lados o sea que no hacía nada.

En el fotoclub es donde yo inicio el cineclub, las películas que he pasado son todas las habidas y por haber, algunas las he repetido y este año volveremos seguramente a hacer algo pero la gente no da bolilla.

Tengo una foto de los tiempos del cineclub glorioso en la biblioteca vieja llamémosle, arriba, que está llena y me acuerdo que atrás está Juan Carlos Simón jovencito y todos jóvenes que hoy no existen, no están, algunos que se han ido naturalmente y no queda nadie. No he visto en los últimos diez años en nada que sea cultural en serio, salvo estos espectáculos que hacen en la plaza que pomposamente le llaman centro cívico y terminaron el otro día de arreglar lo que han roto los mismos, nadie va, ningún joven.

También es cierto que van al cine, por ahí se ven colas, pero no tiene nada que ver y si escuchas hablar a los que hablan de cine ninguno habla de Bergman, Antonioni, Visconti, de eso no hay nada. Cada tanto aparece alguna cosa pero vista de otra manera y con una mirada totalmente distinta que nada tiene que ver casi diría que con la cultura.

Una vez escuché a un director de cine famoso, bolivarense, que había visto El acorazado Potemkin y se vanagloriaba y si tú no has visto El acorazado Potemkin, es como si un cura no hubiera leído la biblia, ahí está todo, después la ideología te la aguantas si no tienes nada que ver con eso, pero ese es el libro maestro del cine.

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